La moneda que no compraba descanso
Antonia acuñaba monedas que guardaban las horas dedicadas a fabricarlas. Su taller ganó fama por unos discos de cobre perfectos, y los comerciantes empezaron a pedir tantos que dejó de ver el río detrás de su casa.
Le ofrecieron una bolsa de oro si trabajaba todas las noches del verano. Antonia decidió rechazarla y acordar encargos menores con otros talleres, aunque algunos clientes amenazaron con buscar artesanos que nunca cerraran sus puertas.
Pudo volver al río y enseñar a una aprendiz sin apresurarla. Las monedas siguieron circulando, algunas con pequeñas irregularidades; Antonia marcó sus horarios en la entrada y aprendió a defender el valor de su tiempo.
