La máscara que se quedó en la mesa
Ester fabricaba máscaras en un palacio donde los invitados debían ocultar sus expresiones durante las reuniones. La suya tenía una sonrisa impecable, incluso cuando escuchaba decisiones que perjudicaban a los habitantes de su antiguo barrio.
Antes de una votación buscó a otras personas afectadas y prepararon juntas una propuesta. Ester dejó la máscara sobre la mesa y explicó los cambios que necesitaban, apoyándose en los dibujos y testimonios que habían reunido.
Algunos invitados se incomodaron y otros empezaron a preguntar. La propuesta necesitó varias reuniones, pero consiguió abrir una escuela; Ester guardó su máscara en el taller y siguió construyendo espacios donde hablar sin esconderse.
