La armadura que permitía abrazar
Martina fabricaba armaduras para los guardianes de un bosque donde las espinas cambiaban de lugar. La suya era tan rígida que no podía agacharse para recoger herramientas ni acercarse a quienes necesitaban que les sujetara una mano.
Un artesano le ofreció una capa todavía más gruesa. Martina decidió desmontar algunas piezas y añadir articulaciones, probándolas despacio junto a una compañera que observaba dónde seguía necesitando protección durante sus recorridos entre los árboles.
La nueva armadura conservó las placas esenciales y permitió movimientos antes imposibles. Martina enseñó el diseño a otros guardianes, explicando que cada persona necesitaría ajustes diferentes para sentirse segura y poder acercarse cuando así lo eligiera.
