El cristal que devolvía los rostros
Noor pulía cristales en un bazar donde los espejos mostraban lo que los demás esperaban de cada visitante. Una niña llevaba horas cambiando de expresión frente al escaparate, sin reconocer ninguna imagen como verdaderamente suya.
Noor pudo venderle el espejo más caro, capaz de mostrar cien versiones diferentes. Prefirió lijar con ella un pequeño cristal hasta dejar una zona transparente por donde pudiera observar el mercado y elegir qué mirar.
La niña se llevó un marco sencillo y volvió con dibujos de cuanto había descubierto. Noor reservó parte del taller para cristales sin reflejo, donde cada persona podía descansar de ser observada y practicar su propia atención.
