La mesa de las sillas distintas
Elena atendía una posada donde cada viajero llegaba con una silla de su tierra. Había asientos de junco, taburetes diminutos y un enorme sillón que impedía cerrar la puerta cuando soplaba el viento.
El alcalde le ofreció muebles idénticos si retiraba aquella colección. Elena prefirió ensanchar la entrada y construir una mesa de alturas diferentes, trabajando hasta encontrar un sitio cómodo para cada asiento.
La primera cena duró hasta la madrugada. Los viajeros intercambiaron recetas y herramientas, y la posada empezó a crecer alrededor de sus diferencias, con una silla sin dueño preparada para quien llegara después.
