La página que esperaba otras manos
Blanca fabricaba papel en una ciudad donde los libros aparecían escritos antes de abrirse. Un día produjo una hoja completamente vacía y los libreros la devolvieron, diciendo que nadie pagaría por una historia todavía inexistente.
Ella la llevó al puerto y pidió a una viajera que dibujara algo visto durante su trayecto. Después la compartió con un niño, una carpintera y un anciano, dejando a cada uno un espacio sin instrucciones.
La hoja terminó convertida en un mapa de encuentros que ningún libro anticipado contenía. Blanca comenzó a vender cuadernos en blanco y acompañó cada uno con un lápiz, sin prometer qué historias debían aparecer entre sus páginas.
