La alfarera de las segundas formas
Renata modelaba vasijas que conservaban el sonido del agua que alguna vez habían contenido. Una helada rompió su pieza favorita, donde guardaba la risa de una amiga que había partido a vivir muy lejos.
Podía pegarla y ocultar la grieta bajo pintura oscura. Prefirió triturar una parte del borde y mezclar los fragmentos con barro nuevo para construir dos pequeñas tazas de formas distintas, sin borrar su procedencia.
Una taza viajó hasta su amiga y la otra quedó en casa. Cuando compartían una bebida, ambas escuchaban recuerdos diferentes; Renata dejó de buscar la vasija intacta y aprendió a cuidar lo que podía nacer después.
