La ciudad detrás del último muelle
Adriana vivía en un puerto cuyo último muelle se alargaba cuando alguien recibía a un extranjero por su nombre. Durante años los vecinos lo habían dejado cubierto de cajas, temiendo que llegaran demasiados viajeros nuevos.
Cuando una barca quedó varada al otro lado de los arrecifes, Adriana apartó las cajas y pidió a su tripulación que se presentara. Aprendió a pronunciar despacio cada nombre antes de ofrecerles una cuerda.
El muelle alcanzó la embarcación y surgió una plaza entre sus tablas. Los recién llegados abrieron talleres allí, mientras Adriana seguía viviendo en su calle de siempre, ahora conectada con historias que antes no conocía.
