La risa que reparó el carrusel
Beatriz cuidaba un carrusel inmóvil en una plaza donde las personas guardaban sus tristezas dentro de paraguas cerrados. Había probado aceites y herramientas, pero los caballos de madera seguían mirando siempre al mismo sitio.
Una tarde permitió que una niña pintara una pata azul en el caballo más solemne. El abuelo de la niña soltó una risa inesperada y después contó por qué aquel color le recordaba a su esposa.
Otros vecinos añadieron detalles y recuerdos. El carrusel empezó a moverse despacio, mientras los paraguas seguían cerca; Beatriz dejó claro que cualquiera podía subir, conversar o simplemente sentarse a mirar sin tener que sonreír.
