La espina y el ruiseñor
Inés cultivaba un jardín cuyas rosas cantaban cuando alguien las escuchaba sin cortarlas. Un coleccionista le ofreció una bolsa de monedas por la última flor capaz de recordar la canción de su madre.
Con aquellas monedas podría reparar el invernadero. Inés decidió rechazar la venta, aunque permitió al visitante sentarse cada tarde junto al rosal y aprender la melodía antes de regresar a su ciudad.
El hombre terminó llevando materiales y manos para reparar el techo. El rosal permaneció donde estaba, y su canción viajó mucho más lejos, compartida por quienes aprendieron que acercarse no siempre significa poseer.
