El ala que pertenecía a muchos
Ángela restauraba esculturas en una plaza donde las estatuas cambiaban de postura cuando alguien pedía ayuda. Una figura alada perdió una pluma de piedra, y ella recibió la tarea de repararla antes de la celebración del pueblo.
Intentó levantar sola el bloque hasta que se le rompió una herramienta. Decidió detenerse y convocar al cantero, a la carpintera y a los vecinos, explicando qué sabía hacer y qué necesitaba aprender o recibir de otros.
Construyeron un andamio y repusieron la pluma entre todos. Ángela grabó sus nombres bajo el pedestal; desde entonces la figura aparecía con las manos abiertas, y el taller mantuvo una lista de tareas para compartir.
