El taller de los nombres bordados
Emilia bordaba nombres en un taller donde las letras conservaban el calor de las manos que las trazaban. Su familia repetía siempre los mismos tres modelos y esperaba que ella utilizara uno para su primera pieza importante.
Una clienta pidió incluir el apodo con que la llamaba su hermana. Emilia decidió escuchar aquella historia y diseñar letras nuevas, aunque necesitaría deshacer varias puntadas para conseguir un trazo que ambas pudieran reconocer.
El encargo llevó más tiempo y abrió conversaciones inesperadas en el taller. Emilia guardó los modelos familiares y creó un cuaderno de variantes, donde cada nombre podía recibir una forma elegida junto a quien deseaba llevarlo.
