El abrigo de los bolsillos vacíos
Emma cosía abrigos en una ciudad donde cada bolsillo conservaba lo que alguien había compartido durante el invierno. El suyo pesaba tanto, lleno de botones y agradecimientos, que empezaba a impedirle caminar con comodidad.
Un comerciante quiso comprarlo para exhibirlo en su escaparate. Emma prefirió vaciar los bolsillos sobre una mesa e invitar a sus vecinos a recuperar los objetos que todavía podían servir en otros hogares.
Con las telas restantes confeccionaron nuevos abrigos. Emma dejó dos bolsillos vacíos en el suyo, y aprendió a llevar menos pruebas de su generosidad y más espacio para las cosas inesperadas que podía recibir.
