La canción que admitía otras voces
Miriam dirigía un coro en una ciudad donde las canciones se convertían en puentes de madera. Había heredado una melodía perfecta, pero solo las voces más agudas conseguían sostener sus notas durante todo el trayecto.
Una nueva vecina quería participar y no alcanzaba aquella altura. Miriam decidió detener el ensayo y escuchar las notas que le resultaban cómodas, aunque cambiar la canción retrasaría la apertura del puente principal del mercado.
El coro añadió una segunda melodía y después una tercera. El puente resultó más ancho que los anteriores, con bancos para detenerse; Miriam conservó la partitura original junto a todas las voces que la habían transformado.
